La Galle pasó sus días de encierro entre la cárcel de máxima seguridad de Carandirú, Brasil, y el penal N°3 de Ezeiza, donde impulsó una de las experiencias más interesantes de organización interna, alrededor del Centro Universitario. Aquí nos cuenta su experiencia como mujer, como militante, como presa.
-¿Qué particularidades ves en las cárceles de mujeres, respecto de las de varones?
-Hay una diferenciación de género muy fuerte. Dicen que desde hace una década aumentó la delincuencia femenina un 300%. Pero ese 300% no es casual. Digamos, la conformación familiar de la sociedad cambió. Desde hace un tiempo para acá las mujeres son las jefas de familia, sobre todo de las partes más excluidas de la sociedad. Tenemos madres con muchos hijos, de diferentes padres que no se hacen cargo de la familia. Al pertenecer a sectores más desfavorecidos de la sociedad, tienen que cometer delitos económicos casi todas, para poder solventar al grupo familiar. Por eso hay un aumento del 300% de la delincuencia femenina. Esto deja bien claro que no estamos hablando de una población delincuente, sino una población de mujeres que yo admiro mucho porque para ir contra todas las leyes, contra toda convención social para alimentar a tus hijxs, tenés que tener valor. Entonces a mí me parece que no las podés llamar delincuentes, sino corajudas, porque son lxs niñxs lxs que tenés que mantener. Cuando encarcelan a una mujer están arruinando a un grupo familiar, porque es la jefa de familia a nivel económico. El sustento moral de todxs lxs niñxs es la madre. Desintegran al grupo familiar cuando encarcelan a las mujeres. Esta es una diferencia de género muy importante a diferencia de los penales de hombres. En la cárcel eso se continúa, si no hay trabajo para sacarles comida, si no está la posibilidad de que cuando vienen lxs niñxs puedas sacarles un tapper de comida o una moneda cada mes, ya la mujer está en deuda.


